¿Estás al pedo?

El martes a la mañana le contaba a un amigo que había logrado hackear una consola de juegos para poder jugar títulos viejos. Más tarde se lo comenté también a mi hermano. En ambos casos, la reacción no fue curiosidad ni entusiasmo, sino la misma pregunta: “¿Estás al pedo?” o “¿tenés tiempo libre vos?”. Una pregunta que tal vez que hizo con inocencia o como un chiste, pero que encierra un juicio profundo sobre cómo valoramos lo que hacemos con nuestro tiempo.
Surge cuando alguien realiza algo que no está estrictamente vinculado a la lógica productiva: hackear una consola, dibujar, escribir, arreglar una planta, incluso mirar el cielo. Basta un gesto que no encaje en el molde del trabajo remunerado o de la utilidad inmediata, para que aparezca la sospecha de la “inutilidad”.
Y seguramente no se trate de una frase aislada, sino del eco de una sociedad superproductivista, donde todo debe justificarse en términos de eficiencia, rentabilidad o avance. Aunque quien lo diga no esté precisamente minando criptomonedas ni cerrando un contrato millonario, pero tiene el impulso moral de señalar al otro, de lanzarle la insinuación de que hay culpa en no ser útil, en no estar rindiendo cuentas a la máquina capitalista.
Pero, ¿por qué habría de ser sospechoso el tiempo no dirigido a producir? ¿Por qué el ocio, la distracción o la creatividad “no aplicada” deben ser vistos como pérdida? En el fondo, la pregunta oculta una exigencia: vivir bajo un deber constante de productividad, como si nuestro valor humano se midiera únicamente en horas facturables o en entregas medibles.
Incluso cuando se trata del cuerpo, la lógica productivista se infiltra. Correr, ir al gimnasio, entrenar: actividades que, aunque no generen dinero, son celebradas como inversiones útiles porque “rinden” en términos de salud, longevidad o éxito en la construcción de un cuerpo hegemónico. Se las entiende como productivas porque prolongan nuestra capacidad de seguir trabajando, de seguir siendo efectivos. En cambio, dibujar por placer, escribir sin destino de publicación o perderse en un rato de contemplación suenan sospechosamente “menos exitosos”, menos justificables, como si la vida tuviera que medirse siempre en retorno de inversión.
El capitalismo no solo nos vende cosas: también coloniza el tiempo. Nos convence de que el descanso solo se justifica para recuperar fuerzas y volver a trabajar, que el arte vale si se monetiza, que la escritura sirve se se publica, que hasta las relaciones se convierten en “inversión”. Bajo esa mirada, cualquier acto gratuito, cualquier juego, cualquier pausa sin fin previsto, se vuelve un lujo o una extravagancia.
Y sin embargo, ahí mismo, en ese “estar al pedo”, late una forma de resistencia. Crear sin utilidad, contemplar sin apuro, perder el tiempo sin calcularlo: todo eso rompe con la lógica que nos encierra en el rendimiento perpetuo. Tal vez lo realmente radical hoy sea reivindicar el ocio como derecho, como espacio vital y no como “falla” en la cadena productiva.
Quizás habría que devolver la pregunta, pero invertida: ¿qué tan al pedo está una sociedad que reduce la vida entera a producir?