Crónica de una rebelión de fin de semana

Crónica de una rebelión de fin de semana

Tengo 41 años y hace un tiempo cometí una boludez de adultez tardía: compré una PlayStation 3 por internet. No por Mercado Libre, ni nada de esas rutas digitales higienizadas; la encontré en algún rincón extraño de la web y terminé hablando directamente con los dueños de una tienda perdida en Buenos Aires. Treinta mil pesos más tarde, me entregaron aquella caja que traía un par de juegos como bonus track, y yo, feliz como un niño, corrí a probarlos. Dos horas de gloria… y después la dejé juntando polvo. Porque a los 40 y monedas, la vida no suele regalarte las maratones de ocio que un juego de verdad necesita.

El tiempo pasó, como pasa todo: con la sutileza de una patada en la puerta. La consola quedó ahí, un adorno retro con cables enredados. Hasta que un día decidí que ya estaba bien de dejarme ganar. Hackeé la PS3, instalé un par de tiendas clandestinas y me puse a bajar todos esos juegos que me recordaban a cuando todavía tenía pelo y mucho tiempo. Fue mi manera de decir: “me cago en el capitalismo digital” y, de paso, sentir que recuperaba algo de juventud sin pedir permiso.

Ahora trabajo más tarde porque el vicio roba horas con gran eficiencia. A las 2 de la mañana me encuentro renegando y con sueño, mientras hago ese trabajo que debí terminar antes del medio día. Pero entonces me acuerdo: mi tiempo es mío, ni del reloj ni del patrón. Tengo un podcast con mi jermu y unos compañeros donde cada lunes le pego un chiquitín al sistema, y también tengo que trabajar para comer, pagar internet y la luz. La contradicción vive cómoda en mí: militante, pirata, docente, programador, peronista y un poco de otras cosas.

Me bajo juegos pirateados, veo películas en plataformas que no tienen CEO sino un link sospechoso y escribo con la esperanza de que alguien, al leer esto, diga: “a la mierda, cancelo Netflix, voy a ver todo pirata”. Que a los yankis se los pague dios; acá en el sur, aunque sea en cosas pequeñas, queremos ser libres de los que creen que somos su patio trasero.

Mi PS3, no es solo una consola: es un recordatorio de que la rebeldía también se juega en pequeñas derrotas al mercado. Es mi máquina del tiempo doméstica, la que me devuelve durante dos horas a la adolescencia que ya no tengo, mientras afuera me esperan impuestos, facturas y adultitudes. Y si eso es hipocresía, que lo sea: creo que la vida nunca se trata de ser coherente, sino de elegir de vez en cuando qué polvo sacudir, qué juego prender y qué suscripción mandar al carajo.

Compartir